sábado, 7 de diciembre de 2013

CALIDEZ

El día amaneció nublado pero no había caído ni una gota. Él se encontraba en el jardín. Era un jardín lleno de colores, con vivas azucenas donde destacaban las margaritas ante todo, y transmitían una calidez impresionante. Entre ésta calidez, que parecía recordar más a un recién entrado día de otoño que verano, emergían ciertas rosas con timidez, mientras las azucenas admiraban con cierta envidia. Él estaba apoyado en aquel viejo olmo, que su abuelo afirmaba ser centenario, y miraba perdido hacia el horizonte con una tímida lágrima que no quería brotar de sus ojos y deslizarse  por sus mejillas.
-¿Estas bien?-pregunto una voz femenina de forma que parecía abrazarle
-Sabes perfectamente lo que me ocurre...¿Por qué no te largas?-lanzo mientras seguía embobado en el horizonte
-Porque estoy harta de ver como te compadeces y marginas, perdiendo el tiempo bajo este olmo que suplica un poco de tranquilidad.
-Pero...-dijo mientras suspiraba
-Nada de "peros", si son felices juntos, pues olvidalos. Acaso no recuerdas la promesa que te hiciste...Amor por odio y perdón por rencor. Que pronto lo has olvidado...-dijo con un tono despectivo
-No lo he olvidado, sabes que no puedo evitarlo, es como una llama que no acabo de apagar por completo.
Compartieron un breve pero intenso e incómodo silencio que transmitía desesperación, soledad y tristeza, cuando de pronto ella rompió dicha incomodidad con un abrazo que él nunca olvidaría. Transmitía calidez y apagó por completo esa llama. Ambos cerraron los ojos y disfrutaron de un breve pero intenso momento. Un momento que se asimilaba al calor que desprenden las brasas de una chimenea en un gélido día de invierno.
Se dejo llevar por la sensación y al abrir los ojos ella ya estaba dentro de la cabaña, y noto que algo rodeaba su cuello. Era un colgante con lo que parecía ser una esfera de un color plateado un poco apagado. De pronto recobró la serenidad y se decidió a entrar en la cabaña.

INMORTALIDAD

Quiero que me recuerdes con una sonrisa, aún en mis peores momentos, aún cuando llore de rabia o impotencia, aún cuando veas que mis peores pesadillas se han hecho realidad, aún cuando halla cambiado o ya no esté. Pero no lo hagas por mí. Haz lo por ti, para que siempre estemos juntos (como aquel verano inolvidable en el que vimos una lluvia refrescante caer sobre nosotros, en el día más caluroso de todos). Haz lo por los ideales que compartimos, porque así estaré yo contigo y tú conmigo, porque viviré en tus recuerdos por muy lejos que me encuentre y allá donde pise sabré que no me has olvidado, pisando firme con mi característica sonrisa.
 Mi legado es justamente eso, una sonrisa, una sonrisa en la que me verás reflejado todos los días, que me hará inmortal porque viviré en tus recuerdos y en los de todas las demás personas que tengan un motivo para sonreír.
Así que, lucha por mí, concede me la inmortalidad.